En las primeras décadas del siglo pasado la sociedad santiaguera sufrió fuertes tensiones de carácter moral. El problema de la prostitución que terminó con la creación de una zona de tolerancia en el área de la Alameda y el tono orgiástico del carnaval heredado de la colonia, provocaron inquietud en algunos sectores de la sociedad y a ratos animaron la polémica en la prensa.

 

En sus Crónicas de Santiago de Cuba, Carlos Forment comentó algunos episodios interesantes sobre la defensa de la decencia en aquellos tiempos; con fecha 29 de noviembre de 1909 anotó el cronista:

 

“El juez correccional condena a 30 pesos de multa a la bailarina La bella Crisanteno acusada por el Inspector de Espectáculos, señor Domingo Padrón (pienso que no haya sido el abuelo del actor Carlos Padrón), de haber bailado la danza del velo, con marcados movimientos impúdicos.”

 

¡Es difícil imaginar, qué era impúdico para el señor Padrón y cómo la pobre Crisanteno hubiera podido bailar la danza del velo sin movimientos sensuales!

 

En diciembre del propio año aparecen protestas en los periódicos locales por lo que llaman “la sicalipsis en los teatros” y corre el rumor de que vendrá a la ciudad la famosa Chelito que había sido multada varias veces en la ciudad de La Habana por “salir a escena no medio desnuda, sino medio vestida”. Al parecer en el año de 1909 hubo una oleada de pánico en algunos sectores de la sociedad santiaguera, ante el desnudo y los bailes lascivos.

 

Una interesante crónica publicada en el periódico La Independencia de fecha 27 de diciembre de 1909, elogiaba sin embargo a la Compañía de Raúl del Monte, la cual había sido antes duramente criticada por “llevar a escena personajes típicos de bajo nivel social, pornografía, chistes vulgares y bailes sicalípticos”. El cronista afirmaba que esta compañía, que estaba en ese momento en cartelera en el Teatro Heredia ,“ había puesto en escena obras de sabor cubiche, chistes de actualidad, y se bailaban rumbas y zapateos, sin desfigurarlos con gestos impropios”.

 

El miedo al desnudo y a lo popular alimentaban la censura y la crítica de los espectáculos teatrales, pero por suerte existían opiniones diversas y los periódicos en ocasiones publicaban comentarios como el anterior, favorable a teatristas que se atrevían a transgredir el gusto de algunos grupos que aunque influyentes, no podían siempre imponer sus gustos.

 

En 1910 el Gobernador Rafael Manduley prohibió enérgicamente la apertura en El Campo Rojo de un salón para hombres solos por suponer que allí se presentarían espectáculos que podrían lastimar la moral pública y las costumbres ciudadanas.

 

Los criterios sobre decencia, pudor y buenas costumbres, fueron cambiando con el paso del tiempo, hasta el punto de que algunos años más tarde la prensa local elogió casi unánimemente las presentaciones en la ciudad de la compañía francesa Bataclan, famosa por el uso profuso del desnudo femenino; la misma hechizó a los caballeros, los cuales aplaudieron hasta el delirio, quizás como no lo habían hecho desde los lejanos tiempos del Café Concert Tivoli.

 

Con el tiempo aparecieron en las calles santiagueras modas cada vez más atrevidas, que revolucionaron la visión tradicional sobre lo que era ser o parecer decente; llegaron la escandalosa falda-pantalón, las mamboletas que mostraban los ombliguitos de las muchachas, en el Parque Céspedes, El Paseo de Marti o bajando y subiendo la calle de Enramadas y los bikinis que arrebataron en la playa de Siboney, pero también en los balnearios de La Estrella y Los Coquitos.

 

Poco a poco los santiagueros comprendieron que la gran aventura de la modernidad, incluía, además de los automóviles, el tranvía y las tiendas por departamento, una nueva mentalidad en la que las modas con las que las santiagueras desafiaban el calor, no eran precisamente indecentes. Los tiempos en que una mujer podía ser acosada en la calle de Enramadas o el parque de Vista Alegre por vestir una falda-pantalón o ir fumando; los tiempos en los que algunos alborotaban en el teatro al ver los muslos de una bailarina, ver un beso demasiado prolongado o escuchar un chiste de doble sentido en boca de un actor, iban quedado definitivamente atrás.

 

Rafael Duharte Jiménez, 5 de abril, 2021