Semana Santa Domingo Ramos bendición de ramosCon las limitaciones sanitarias impuestas por la pandemia comenzó en Santiago la Semana Santa con la bendición de los ramos.

(Fotos de archivo año 2016)

 

 

Irradia emisión del 28 de marzo de 2021

Programa Radial de la Arquidiócesis de Santiago de Cuba
Transmitido por RCJ, el Sonido de la Esperanza y CMKC, emisora provincial
Domingo de Ramos

Semana Santa Domingo de Ramos

“Bendito el que viene en nombre del Señor”.  Juan 12, 13

 

Por tu cruz y resurrección nos has salvado Señor.

Hermanos y hermanas, con esta frase damos inicio a la celebración de la Semana Santa, gracias a los servicios de esta emisora provincial CMKC puedo llegar a ustedes y a sus familias y a todos los que habitan en esta provincia de Santiago de Cuba.

Hoy 28 de marzo comenzamos la Semana Santa del año 2021. Durante esta Semana Santa vamos a recordar los últimos momentos de la vida de Jesús, su entrada triunfal en Jerusalén, ese es el Domingo de Ramos que estamos celebrando hoy; y después el Jueves Santo la Última Cena, la institución de la eucaristía, la invitación a amarnos unos a otros siendo servidores unos de otros; el Viernes Santo es la Pasión, Cristo que carga su cruz y asciende hasta el Calvario donde muere allí por nosotros. El sábado por la noche y el domingo 4 de abril por la mañana vamos a celebrar todos la Resurrección de Cristo, a través de la Pasión del Señor de su entrega por nosotros, de su servicio por nosotros, Él nos ha alcanzado la salvación.

¿De qué salvación nos habla? Nos habla de la salvación de nuestra vida. La vida de los hombres tiene un sentido, Dios es el Dios de la vida y Dios es Aquél que nos ama de tal manera que se entregó en la cruz para salvarnos. Él nos rescató. Nosotros sabiendo que somos pecadores, muchas veces nos apartamos de Dios y nos apartamos de nuestros hermanos, siendo egoístas, siendo ambiciosos, no haciendo el bien que debemos hacer. Hay veces que nos dejamos arrastrar por el mal, pero Cristo que nos ama, Él ha muerto en la cruz por nosotros.

Por eso es que la cruz es un signo de salvación, por eso es que al levantarnos nosotros hacemos la señal de la cruz, por eso ante los peligros hacemos la señal de la cruz, pidiendo precisamente que esa gracia de Dios, ese poder de Dios venga sobre nosotros. Pero también la cruz nos invita, a que, si Cristo murió por nuestros pecados en la cruz, nosotros tenemos que cambiar de vida, y también nosotros tenemos que evitar hacer el mal, y hacer siempre el bien, eso se llama la conversión.

Esta semana es una semana de acompañar a Jesús, desde que entra en Jerusalén, hasta el final hasta el Gólgota, el Calvario, donde expira, donde es descendido de la cruz y enterrado, acompañarlo en ese dolor para alegrarnos con Él después el domingo de Resurrección. Sabiendo que el mal ha sido vencido, sabiendo que el rencor, el odio, la venganza puede ser destruida; sabiendo que la injusticia, los males que padecemos los hombres y las mujeres de este mundo tienen un sentido en Dios, porque sabemos que Él destruye el mal, Él nos invita a la vida eterna junto a Él. Vamos a seguirle, acompañándole en la cruz, cargando nuestra cruz como el mismo nos dijo, “el que no carga con su cruz y me sigue no es digno de mi”.

Vamos nosotros en esta Semana Santa a acompañarlo, pero también vamos a ofrecer todas nuestras cruces. Las cruces de las madres que sufren por sus hijos, las cruces de aquellas personas que no tienen lo suficiente para vivir, las cruces de los que están enfermos que son muy dolorosas muchas veces, las cruces de aquellos que se sienten no viven con la justicia necesaria, las cruces de aquellos que sienten que necesitan se haga justicia; las cruces de tantas envidias, infidelidades, que los unos a los otros nos imponemos causando tanto dolor. La vida no es para sufrir, la vida es para vivir esperando siempre la misericordia de Dios que eterna. El sufrimiento en un momento se detiene, la cruz es la que nos salva para al final tener la vida eterna junto a Dios, la gracia de estar junto a Él, alegrándonos, diciendo Cristo ha resucitado, Cristo ha vencido el mal, Cristo es mi salvador. La sangre de Cristo se derrama sobre nosotros y así nos limpia nuestros pecados para un día vivir eternamente junto a él.

Yo les invito a vivir la Semana Santa y lo primero que vamos a escuchar es el Evangelio de Juan, que nos cuenta, nos narra la entrada de Jesús en Jerusalén. El pueblo deseoso de un salvador, como todos nosotros estamos deseosos de justicia, de paz, de misericordia, de que alguien nos salve, que nos diga palabras de esperanza, acogió a Jesús y le declaró Rey, hijo de Dios, hijo de David. Vamos a unirnos a este pueblo de Jerusalén y a recibirle también, expresando nuestro deseo de que Dios venga a nuestro hogar, de que Dios venga a nuestro corazón.

(Lectura del evangelio de san Juan, capítulo 12, 20-33)

De la misma manera que el pueblo de Jerusalén recibió a Jesús con palmas, con mantos en el piso aclamándole hijo de Dios, hijo de David, como Salvador, es tradición en este día recibir ramos benditos que se reparten en las iglesias. Sabemos que este año es imposible por las restricciones sanitarias por la pandemia, por eso yo les invito a todos ustedes a recortar pencas que, de alguna rama parecida a la palma de guano, nuestras palmas reales; lo pueden poner en las puertas de sus casas, detrás, o delante de la puerta, ahora mismo, pueden salir, picar y poner las ramas en las puertas de sus casas. Esas ramas estarán bendecidas por las misas que van a celebrar todos los sacerdotes en las iglesias y eso significa que ustedes quieren que Cristo venga a ustedes, que sea su Salvador, y que siempre habite en sus hogares. Les invito a hacer esto.

Ahora hermanos vamos a escuchar la lectura de la Pasión del Señor según san Juan, así se nos narra en los evangelios. Vamos a escuchar el evangelio de san Juan.

(Lectura de la Pasión del Señor según san Juan, capítulo 15, 20-31-393)

Recordemos que el Jueves Santo celebramos la Última Cena del Señor, la institución del Sacramento de la Comunión; el momento en que Cristo coge pan, en la cena pascual de los judíos, y dice este es mi Cuerpo, lo bendice; y también coge el vino y lo bendice, y dice esta es mi Sangre que será derramada por ustedes, hagan esto en conmemoración mía. Ésa fue la primera misa. Cada vez que el sacerdote celebra una misa, en ese mismo momento, la Última Cena se hace presente, Cristo está presente en la forma del pan y del vino.

El Viernes Santo vamos a seguir escuchando la lectura de la Pasión. ¿Qué vamos a encontrarnos? Precisamente la entrega de Jesús. Señor que se aparte de mi este cáliz, este sufrimiento, pero si es tu voluntad yo lo hago. Nos está indicando que todo tenemos que ponerlo en las manos de Dios porque Dios sabe, el Señor tiene sus designios. Y vamos a encontrar a traidores, a Judas; vamos a encontrar gente con medio, a Pedro, que es un bravucón, “no yo nunca te voy a olvidar”, pero sí lo olvidó y lo negó. Vamos a encontrar a Pilato, que es una persona que sabía que estaba haciendo las cosas mal pero no quería comprometerse, ni complicarse en la vida, entonces se lavó las manos. Vamos a encontrar a los soldados, que cumplieron órdenes y lo llevaron y lo maltrataron; vamos a encontrar a esas personas que manipularon al pueblo para que condenaran a Jesús. Vamos a encontrar también a aquella mujer que le lava el rostro, aquellas mujeres que lloran, a María su madre que lo acompaña siempre, a Juan también que lo acompaña siempre; a aquel otro hombre que lo ayuda a cargar la cruz… esa es la vida, así somos nosotros. Por tanto, al escucharla, también nosotros meditemos en nuestra vida, y así nosotros acompañaremos a Cristo al Calvario, cargando nosotros con nuestras cruces y ofreciéndoselas a Dios como lo hizo Jesús. Señor, que se aparte de mi este cáliz, esta cruz, pero que se haga tu voluntad, Tú sabrás recompensarme y darme la victoria.

Hemos terminado escuchando cuando Jesús es bajado de la cruz y es llevado al sepulcro. El domingo que viene, en la trasmisión por esta radio provincial, vamos a leer el Evangelio de la resurrección, es decir, la victoria de bien sobre el mal, de Cristo sobre la muerte, la victoria de Cristo que le da sentido a nuestra vida y nosotros también nos alegraremos como los apóstoles, como aquellas mujeres que fueron al sepulcro, sabiendo que Cristo ha resucitado.

Sí hermanos, nunca perdamos la esperanza, pongamos nuestra esperanza en Aquel en quien la podemos poner con toda seguridad, que es Dios, porque Cristo nos ha salvado en la cruz. Será el tiempo de alegría, el tiempo de Pascua.

Yo ahora les invito a que esta Semana Santa, siguiendo la tradición de nuestros mayores, nosotros al vivamos con recogimiento. Les invito a ofrecer todas las dificultades de la vida al Señor, poniéndolas en sus manos. Les invito a hacer un examen de conciencia y a pensar en las cosas que no hemos hecho bien, en el mal que hemos causado o que tal vez estemos causando, y hacer el propósito de rectificar nuestra vida. También es el momento de si estamos recibiendo mal de otras personas, alejar de nosotros todo sentido de odio y de venganza y ofrecer esa cruz; ofrecer las tareas diarias de la vida, que esas no las podemos quitar, siempre estarán presentes porque la vida del hombre, es vida de cruz también, es vida de cruz. Es el tiempo de oración, los tengan la Biblia busquen las lecturas bíblicas de la Pasión de Cristo, de la Resurrección, animémonos unos a otros. El Viernes Santo, sigamos la tradición de que sea un día de clama, un día de paz, no un día de jolgorio ni de fiesta, sino que sea el día de recordar que estamos tristes porque el pecado del hombre, nosotros mismos, llevamos a Cristo a la cruz, y el muere por nosotros. Les invito a esto.

Que el Señor nos acompañe, que nos dé la Gracia de la fe grande; que sepamos agradecer el sacrificio de Cristo Jesús en la cruz por nosotros; que le pidamos a Dios que nos haga fieles, que nos haga firmes, que sepamos corresponderle con nuestra vida, cambiando nuestra vida; que sepamos ser servidores unos de otros. Por eso hermanos, esta es la manera verdadera de celebrar la Semana Santa. No podremos como en otros años participar en las grandes celebraciones en los templos, pero cada uno de nosotros sí puede hacerlo en el templo de su corazón, en el templo de su hogar. Cada uno de nosotros puede vivir estos días santos, deseando siempre ser mejores, ser más agradecidos a Dios y pidiendo nos dé la gracia de la conversión, para cuando podamos acercarnos todos al templo, a nuestras iglesias, a recibir el bautismo, a encontrarnos con Dios y con la comunidad cristiana.

Yo les imparto mi bendición.

El Señor esté con ustedes/ Y con tu espíritu

Yo les bendigo en el nombre del + Padre, + Hijo y + Espíritu Santo / Amén

Vivamos esta Semana Santa con el recogimiento de aquel que siente que Cristo se ofrece pro nosotros en la cruz, y que nosotros muchas veces somos desagradecidos; pero también con la alegría de Cristo ha vencido al mal, a la muerte y al pecado.

Que tengan una Semana S anta digna de un cristiano, digna de un hombre y una mujer honesto.

Monseñor Dionisio García Ibáñez
Arzobispo de Santiago de Cuba

JUEVES SANTO EN PANDEMIA:

Transmitido por RCJ, el Sonido de la Esperanza
Programa Radial de la Arquidiócesis de Santiago de Cuba
Jueves Santo

“Pues si yo, el Señor y el Maestro, les lavé los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros” Juan 13,14

(Música, Cena Pascual, Acrisolada)

Para llegar a ti como una bendición, para abrir tus alas al amor de Dios.

Irradia. Un proyecto de la Oficina de Comunicación de la Arquidiócesis de Santiago de Cuba.

Saludos a todos los que nos acompañan en este día en que venimos a compartir la fe con nuestra comunidad.

Bienvenidos a este encuentro fraternal con la iglesia toda, como cuerpo místico de Jesús.

Irradia está contigo, irradiando la fe.

 (Música, Cena Pascual, Acrisolada)

 Para la reflexión de hoy nos acompaña el padre Jorge Catasús, párroco de la Santa Lucía.

Hemos dado inicio el pasado domingo a la semana más importante del año cristiano. La celebración del Domingo de Ramos marca el inicio de la Semana Mayor para los cristianos en el mundo entero, la Semana Santa.

Hicimos memoria de la entrada de Jesús en Jerusalén. Con cánticos de alabanza los hijos de los hebreos acogieron al rey humilde y sencillo montado en un burrito. Así gritaban:   Comenzaba así su itinerario de entrega de su vida hasta el final.

Cercana estaba la fiesta más importante del calendario judío, la pascua, en que se rememoraba la liberación del pueblo de Israel del yugo de los egipcios, uno de los acontecimientos más relevantes de la historia del pueblo israelita. Era celebrada con una comida familiar donde se sacrificaba un corderillo, se asaba y se comía acompañado con pan sin levadura, verduras amargas, legumbres y vino.  Con Jesús habían comido ya varias veces la pascua en años anteriores. Esta vez Jesús daba las instrucciones, según el evangelio de San Juan, sobre el lugar de su preparación. Este año todo parecía tener un sentido distinto.

Todo parece indicar que los discípulos, una vez más, comenzaron a discutir sobre los puestos que les correspondían. En parte porque todos querían estar cerca del Maestro, en parte porque cada uno se sentía más importante que el resto de sus compañeros. Jesús esta vez no les reprendió como en otras ocasiones. Allí estaban los Doce, incluyendo Judas Iscariote, que lo iba a traicionar y también Pedro, que lo negaría tres veces un poco más tarde.

Hacia el final de aquella cena tan significativa Jesús tuvo un gesto y unas palabras, que serán recordados por siempre por sus discípulos y que recogen los evangelistas Marcos, Mateo y Lucas, así como la primera carta del apóstol San Pablo a los corintios, siendo esta última la narración más antigua que ha llegado hasta nosotros:

(Lectura de la 1ra Carta de san Pablo a los Corintios, capítulo 11, 23-25)

Los apóstoles eran testigos de lo que se ha considerado la institución de la Eucaristía. Podríamos decir que estaban participando de la primera Misa en la historia. A partir de ese momento fueron tomando conciencia de lo que habían recibido de su Señor y Maestro y de la misión de entregar este tesoro a los discípulos que se irían agregando a la comunidad cristiana después de la Muerte y Resurrección de Jesús.

El mandato del Señor era muy claro: “Hagan esto en memoria mía”. Los discípulos lo recibieron como un mandato que debían cumplir con fidelidad y responsabilidad. Es evidente que lo que Jesús manda repetir es lo que esta cena tiene de nuevo, estas palabras sobre el vino y el pan. Para los apóstoles no debió resultar difícil entender esta orden: si el pueblo de Israel repetía todos los años el banquete de la antigua alianza, era lógico que Jesús quisiera perennizar la nueva alianza que estaba inaugurando.

Mas el problema no era sencillo. Repetir un recuerdo es cosa que los hombres pueden hacer sin mayor esfuerzo. Pero Jesús había realizado ante ellos una realidad, no un simple recuerdo. Ellos no tenían los poderes de Jesús. ¿Comprendieron ellos que, en aquel momento, Jesús estaba ordenándolos sacerdotes, trasmitiéndoles su poder? Jesús no podía mandarles hacer algo imposible, sin darles al mismo tiempo, el poder de hacerlo. Su orden era una ordenación.

Era la coronación de la vocación nacida tres años antes. Con ello sus apóstoles pasarían a ser sus sucesores, sus prolongadores. Y la cena dejaría de ser algo ocasional y transitorio para convertirse en una institución permanente. Cuando él faltara, seguiría en la Iglesia, y con ello, esa presencia suya en el pan no sería sólo para estos doce, sino para todos los que crean en él por los siglos de los siglos. Con la eucaristía había nacido el sacerdocio como un complemento imprescindible. Un sacerdocio distinto al que los judíos conocían, como era distinto el sacrificio que debieran realizar y como era distinta la alianza que en este momento comenzaba.

Jesús, al instituir la nueva alianza da a los suyos esta misma perennidad. Y son eses pocas palabras –hagan esto en memoria mía– lo que hoy realizan, en miles y miles de altares, miles y miles de sacerdotes. Temblando con sus manos de hombres, que no son santas ni venerables como las de su Maestro, alzan y reparten el pan. Tampoco ellos lo entienden. Hay en sus rostros la misma sorpresa que en los de los primeros discípulos. Pero el milagro torna a repetirse. Cristo vuelve a ser alimento para los suyos y el sigue estando en medio de los que creen en él.

(Música, Jesús corazón, Olga González)

(Lectura del evangelio según san Juan, capítulo 13, 1-15)

Hemos notado que el evangelista describe muy lentamente la escena del lavatorio de los pies. Pareciera que quiere remarcar todos los particulares sobre lo que ha acontecido. Describe la escena con todos los detalles porque quiere que el gesto hecho por Jesús perdure impreso para siempre en la mente de los discípulos.  La introducción a esta escena concluía diciendo que Jesús, sabiendo que había venido de Dios y que estaba por regresar a Dios…

¿Cómo nos imaginaríamos nosotros que pudiese continuar el relato? Creo que lo que nos parecería espontáneo es imaginar a Jesús que toma el pan, instituye la Eucaristía, invita a los discípulos a comer de ese pan y a beber ese cáliz.

En vez, el evangelista Juan, al contrario de los otros evangelistas, no narra la institución de la Eucaristía.  Y esto es muy extraño porque este evangelista ha dedicado un capítulo, el sexto de su evangelio, al pan de vida, al pan eucarístico. En vez de hablar de la institución de la Eucaristía, continúa así su texto, dice que durante la cena Jesús se levantó de la mesa. Y cuando Jesús hace este gesto de levantarse de la mesa debió hacerse silencio en la sala porque en el recuento del gesto hecho por Jesús los gestos suceden con la más grande de las sorpresas de los apóstoles quienes no entienden lo que el Maestro está haciendo.

En un cierto momento Jesús se levanta de la mesa, luego se quita el manto. Este gesto hecho por Jesús viene representado en los cuadros y también en las explicaciones que se dan sobre esta escena del lavatorio de los pies. Pero este gesto que trae el evangelista es muy importante. Sabemos cómo se vestían los hebreos en tiempo de Jesús. Vestían la prenda interior, luego la túnica, el cinturón y luego el manto.

En esa desnudez está revelado el rostro de Dios; sobre esa desnudez Jesús se pondrá el delantal. Delantal que no se quitará luego cuando se ponga su ropa, porque es la ropa del esclavo que se hace servidor del hombre es la imagen de nuestro Dios.

Desnudez revestida de servicio. Este es el vestido del esposo. Recordemos que cuando Jesús cuenta la parábola de la fiesta de boda, en cierto momento entra uno a esta fiesta de bodas sin el vestido esponsal. Nos preguntamos: ¿cuál es el vestido esponsal para el banquete eucarístico? Cuando participamos en la Eucaristía es el Esposo que nos pide si queremos unir nuestra vida a la suya. Por tanto, debemos presentarnos a la fiesta de bodas con el vestido esponsal y éste es lo que él ha vestido.

Luego de haberse quitado la vestidura, Jesús se viste con la ropa del siervo, el delantal. Se lo ciñe… y notemos la lentitud de la descripción que debe haber dejado sorprendidos y en silencio a los discípulos que no entendían lo que Jesús estaba haciendo. “Después echa agua en un recipiente y se puso a lavarles los pies a los discípulos…” sin distinción para nadie, de quien es más grande o más pequeño.

El servicio de amor es igual, todos son amados por igual por Dios. “Y a secárselos con la toalla que llevaba en la cintura”. El gesto de lavar los pies ¿qué sentido tenía para los hebreos? En general, era un gesto tradicional de recibimiento a los visitantes. Sabemos, por ejemplo, y se recuerda en el Nuevo Testamento, la primera carta a Timoteo: las viudas entraban en eta institución, que tenía la Iglesia primitiva que tenía varias características, y una de ellas era ‘lavar los pies a los santos’, esto es, que se pusieran a disposición de los que tenían alguna necesidad, incluso lavándoles los pies.

Se trataba de un gesto de humildad y servil. De hecho, recordemos el comentario rabínico en el libro del Éxodo donde se decía que el esclavo hebreo no debía lavar los pies a su patrón. El hebreo no es un esclavo y por tanto debe negarse a lavar los pies a su patrón. No es que fuera necesariamente un gesto servil, era también un gesto que manifestaba amor a la persona.

Por ejemplo, la esposa debía manifestar su amor lavando los pies a su marido; también los hijos, como señal de reverencia para el padre, le podían lavar los pies.  Todos estos aspectos están presentes en el gesto de Jesús. Jesús es Dios que muestra todo su amor, también haciendo un gesto humillante, lo hace porque quiere revelar el rostro del Padre del cielo. Luego de esta escena que se describe tan lentamente por el evangelista, se nos presenta la reacción de Pedro.

Hemos notado que la escena del lavatorio de los pies se desarrolla en silencio. Un silencio de sorpresa. Los discípulos no entienden lo que Jesús está haciendo. En un cierto momento, este silencio lo rompe Pedro. Cuando Jesús llega para lavarle los pies, se dirige al Señor antes que nada con una pregunta: ¿Tú me vas a lavar los pies? Pedro se da cuenta que Jesús está dando vuelta el orden de valores aceptados como lógicos y normales por todos.

¿Cuál es el orden lógico y normal? Que el Maestro, el rabino, sea servido por los discípulos que deben estar orgullosos de lavarle los pies.  Aquí, por el contrario, Jesús está dando vuelta todo reproduciendo el rostro del Señor. El Hijo de Dios reproduce el rostro del Padre del cielo. Y Pedro siente que toda la catequesis que él había asimilado de los rabinos se desmorona. Porque el Dios que él siempre ha imaginado y en el cual ha creído siempre era el Dios servido por el hombre, y nosotros vimos en la escena precedente como se presenta en vez el Hijo de Dios, el que reproduce el rostro del Padre del cielo. Se ha presentado de manera desconcertante, con la vestimenta del esclavo.

Es un ‘Pedro’ que está presente en cada uno de nosotros. Es aquel que de frente al misterio de Dios que ama, hasta el extremo de arrodillarse delante del hombre, se rebela. No acepta que Dios sea un siervo. Que se haga esclavo del hombre, porque nosotros estamos siempre convencidos que debe ser el hombre el que sirva a Dios. En vez en el rostro de Jesús vemos brillar a un Dios que es amor y que es servidor del hombre.

Creo que ese ‘Pedro’ que está dentro de cada uno de nosotros quiere conservar una imagen de Dios que no es la del verdadero Dios. Este es el rostro de Dios que Pedro tiene en mente y creo que también en el ‘Pedro’ que está presente en cada uno de nosotros que estamos atrapados por esta imagen de Dios y nos resistimos a ponerla en cuestión por el gesto hecho por Jesús.

Jesús comprende esta dificultad de cambiar la imagen de Dios y de hecho dice a Pedro: Lo que yo hago ahora no lo entiendes. Lo entenderás más tarde, cuando hayas visto hasta qué fin llega el amor del que yo vine a dar testimonio, el amor del Padre del cielo. Será en el Calvario, cuando Jesús entregue su vida. Jesús no pretende que Pedro entienda enseguida. También nosotros podemos encontrar esta dificultad a dejarnos convertir a esta imagen auténtica de Dios. Jesús entiende esta dificultad. Y Pedro reacciona y dice a Jesús: “Tu no me lavarás los pies nunca”. Jesús le responde: “Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo”.

Notemos: Jesús no dice a Pedro: “si tú no aceptas lavar los pies a los hermanos”… esto lo dirá después.  Aquí Jesús está diciendo: Yo tengo necesidad de lavarte los pies, porque si yo no bajo a este último peldaño, tú no tienes nada que ver conmigo. La salvación, el mundo nuevo, sólo puede comenzar si yo desciendo al último puesto del servicio, que será luego el don de su vida sobre el Calvario.  Si Jesús no llega a esta hora en que pueda manifestar toda la gloria, todo el amor del Padre del cielo, el mundo nuevo no comienza.

Jesús está diciendo a Pedro: deja que yo baje al último puesto, el del siervo, que lava los pies de los discípulos. A nosotros nos cuesta servir a los demás, pero también nos da fatiga a dejarnos servir. Porque dejarnos servir nos hace sentir que no somos autosuficientes y esto nos humilla un poco.  Somos orgullosos, queremos autoabastecernos a nosotros mismos. En cambio, Dios no. Lo ha hecho bien. Nos ha hecho necesitados del don del otro. Sin el encuentro con los demás y con los dones que el otro puede ofrecer no nos realizamos.

Y la lógica en la cual Dios quiere que entremos es la del don gratuito, del amor incondicional, aun al enemigo, aun al que nos ha hecho algún mal. Nos cuesta donar gratuitamente, y también a dejarnos amar gratuitamente porque nuestra lógica es la del intercambio. Y, de hecho, cuando aceptamos un regalo, agregamos enseguida “¿cómo puedo devolverte el favor por el regalo que me has dado?” Porque queremos emparejar cuenta enseguida.  Esta es nuestra lógica. En cambio, el regalo fue hecho para crear este desequilibrio que debe permanecer para siempre.

(Música, Porque anochece, Tony Rubí)

Hoy comienza el Triduo Pascual. Hacemos memoria de los acontecimientos fundamentales de nuestra fe: la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Hoy, Jueves Santo rememoramos la institución de la Eucaristía y el sacerdocio ministerial, pero también la entrega del testamento de Jesús quien nos dejó un mandamiento nuevo.

(Lectura del evangelio según san Juan, capítulo 15, 12-16)

Hermanos, les invito para finalizar a elevar nuestra oración, y lo hacemos a través de un precioso Himno de Vísperas de Jueves Santo.

En la Cena del Cordero

y habiendo ya cenado,

acabada la figura,

comenzó lo figurado.

 Por mostrar Dios a los suyos

cómo está de amor llagado,

todas las mercedes juntas

en una la ha cifrado.

Pan y vino material

en sus manos ha tomado

y, en lugar de pan y vino,

cuerpo y sangre les ha dado.

 Si un bocado nos dio muerte,

la vida se da en bocado;

si el pecado dio el veneno,

el remedio Dios lo ha dado.

 Hagan fiesta el cielo y tierra

y alégrese lo creado,

pues Dios, no cabiendo en ello,

en mi alma se ha encerrado. Amén.

Para concluir nuestra oración, elevamos juntos nuestros corazones para orar como el mismo Jesús nos enseñó.

Padre nuestro que estás en los cielos,

santificado sea tu nombre.

Venga a nosotros tu reino.

Hágase tu voluntad,

así en la tierra como en el cielo.

Danos hoy el pan de cada día.

Perdónanos nuestras ofensas,

Como también nosotros perdonamos

a los que nos ofenden.

No nos dejes caer en tentación,

Y líbranos del mal. Amén

Hermanos, les agradezco su atención. Soy el P. Jorge Catasús Fernández, párroco de Nuestra Señora de los Dolores, en la iglesia de Santa Lucía.

Les invito ahora a abrir sus corazones para recibir la bendición.

El Señor esté con ustedes. R/ Y con tu espíritu

La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes, sobre todas sus familias, sobre todo nuestro pueblo cubano y les acompañe siempre. Amén.

Con mucho gusto hemos realizado este programa para ustedes desde la Oficina de Comunicación, de la Arquidiócesis de Santiago de Cuba.

Es la voz de la Iglesia católica santiaguera que se levanta para estar contigo… IRRADIA 

(Música, Señor a quién iremos, Cristóbal Fones)

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