Cómo articular el desarrollo turístico y la conservación del patrimonio arquitectónico

Alcazar of Segovia in november
Castillo de Monterreal o del Conde de Gondomar, actualmente Parador de Baiona (Pontevedra), y las Illas Cíes, parte del Parque Nacional de las Illas Atlánticas.
Shutterstock / Fran Villalba

Javier García-Gutiérrez Mosteiro, Universidad Politécnica de Madrid (UPM)

El Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia (PRTR) que ha propuesto el Gobierno de España para hacer frente al impacto económico y social producido por la pandemia contempla objetivos a tres escalas: a corto plazo, la recuperación; a medio, una transformación estructural; y a largo, un desarrollo más sostenible.

En tal marco, nos interesa tratar del capítulo que se dedica al “Plan de modernización y competitividad del sector turístico”, atendiendo a la importante inversión prevista (500 millones de euros en tres años) y a las repercusiones que las acciones a emprender puedan tener en la conservación del patrimonio arquitectónico.

Con ese Plan, dirigido a un sector tan fuertemente castigado por la crisis de la COVID-19, se puede abrir una situación favorable para revisar desajustes –que están en la mente de todos– entre el creciente fenómeno del turismo y la función social de conservar el patrimonio arquitectónico.

España, primera potencia en el binomio turismo/patrimonio

La cuestión de partida: España es primera potencia mundial en el par de fuerzas turismo/patrimonio (segundo país, después de Francia, en turismo; y tercero, tras Italia y China en sitios declarados por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad). Por tanto, una pujante política de turismo cultural debiera ser algo de importancia estructural para el Estado y sus organismos públicos.

No siempre ha sido así, de manera que en España el turismo llamado “de sol y playa” ha predominado claramente sobre el “patrimonial” (Italia, por ejemplo, quinta potencia turística, tiene una proporción mucho más favorable al turismo cultural).

La actual propuesta del Gobierno apunta hacia una progresiva y deseable adecuación: lograr que el turismo, en vez de aglomerarse en la costa y algunos destacados puntos del interior, se abra a toda la geografía nacional.

La transición de la actual industria del “turismo de masas” a una práctica turística más específica y diseminada exige una más que conveniente renovación de conceptos; algo que, además, se vería favorecido en España dadas la riqueza, diversidad y buena distribución territorial tanto del patrimonio cultural como del natural.

Repartir la carga turística

Esta nueva repartición de la carga turística sería coadyuvante con otros objetivos del PRTR; entre ellos, los que atienden a la ecología y los que procuran reducir la despoblación en zonas del interior, la España “vaciada”. Hay en esto, además, como derivada, una buena ocasión para la conservación no solo de los “grandes monumentos” sino de un patrimonio arquitectónico tan relevante y tan vario como es el de la arquitectura popular.

Surge aquí, junto a esta oportunidad, una cuestión a tener en cuenta. Un plan de modernización y competitividad del sector turístico, llamado a incidir directamente en el patrimonio construido, debiera contemplar también unos criterios bien definidos sobre qué es conservar –y cómo intervenir en– los valores de la arquitectura preexistente. Ese fondo conceptual no se puede perder de vista: ¿es inapropiado recordar que el desarrollo económico, en no pocos conjuntos de la España de la segunda mitad del siglo XX, pudo tener efectos más devastadores aún que la incuria de los tiempos? Por eso, el intento regenerador del Plan requiere considerar todas las variables convergentes, sin orillar ninguna.

Conservación sostenible, pero matizada

Tomemos un ejemplo de entre los retos y objetivos que destaca el PRTR: la busca de eficiencia energética en la “rehabilitación del patrimonio histórico de uso turístico”. Este fin es indiscutiblemente necesario. Pero convendría matizar el cómo; cómo atenerse a las peculiaridades formales y constructivas de cada caso. Porque no cabe aquí una aplicación codificada, como si de obra de nueva planta se tratara. En este sentido, la guía para la conservación sostenible del patrimonio que el PRTR propone –y presupuesta– es un buen y esperanzador principio: siempre que sea guía de buenas prácticas y no vademécum para encontrar rápidas soluciones.

La tarea, con ser apremiante, no es fácil. Conservación del patrimonio y turismo están llamados no sólo a convivir sino a hacerlo como una simbiosis. En nuestros días, cuando en algunas ciudades históricas ya se ha acuñado el término “turismofobia”, podemos constatar el conflicto entre ambos vectores.

El caso de Paradores

Frente a la postura de quienes ven en la actual escala del turismo un agente intrínsecamente nocivo está la de quienes persiguen la patrimonialización turística del bien, contemplándolo como recurso económico al que no hay que poner cortapisas.

El camino a seguir no es otro que el de un equilibrio entre ambos polos; un andar ajustable en cada caso. Una línea en realidad no alejada de la que inició en España, hace ahora casi cien años, la Red de Paradores de Turismo: pionera en el mundo, como iniciativa estatal, de la promoción turística (en particular, para el turismo de automóvil) en paralelo a la conservación del patrimonio.

El PRTR, que prevé acciones sobre algunos de esos Paradores, puede beber de esas y otras fuentes, ampliamente ensayadas, ante la gran oportunidad –y con ella, también dificultades– que se nos abre en este momento.The Conversation

Javier García-Gutiérrez Mosteiro, Catedrático de la ETSAM (UPM), director del Máster Universitario en “Conservación y restauración del patrimonio arquitectóonico”, Universidad Politécnica de Madrid (UPM)

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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